“A Dios rogando y con el mazo dando”. Esta conocida frase resume con precisión la naturaleza humana. ¿Somos conscientes de que nuestra civilización apenas tiene unos pocos miles de años?, tal vez once mil, quizás cien mil, frente a los más de tres mil millones de años de la Tierra, nuestra historia es un suspiro.

Durante millones de años, la vida esperó para manifestarse y cuando lo hizo, lo hizo en forma de una simple célula: un grito diminuto en el vasto universo, tan breve que este ni siquiera lo notó, sin embargo, ese pequeño grito es hoy protagonista de incontables acciones y cuando digo “hoy”, me refiero a este brevísimo tramo de tiempo que llamamos historia humana.

El secreto de la humanidad es escribir su historia, no porque lo desee, sino porque su paso siempre deja huella. Esas huellas son inalterables, grabadas en piedra, gracias a ellas —y con la ayuda de la ciencia— podemos preguntarnos: ¿cómo hemos sido?, ¿cómo somos?, ¿hacia dónde vamos?, por los hechos, tal parece que, seguimos siendo primates… solo que ya no colgamos de los árboles.

La tecnología impresiona, los avances científicos asombran, pero lo que realmente hacemos es descubrir la naturaleza, nuestro entorno, es como si exploráramos una nueva casa, un nuevo vecindario o una ciudad recién encontrada, solo eso: descubrimos lo que ya existe, con ojos más evolucionados y herramientas más complejas.

Sin embargo, ¿qué hemos logrado como seres humanos?, casi nada, la civilización nos ha impuesto un orden, una comunidad, una sociedad con normas y leyes; pero seguimos siendo los mismos de hace mil, dos mil o diez mil años, lo único que ha cambiado es lo que condenamos: actos que antes eran normales y que hoy rechazamos bajo lo que llamamos moral.

¿Existen hoy coliseos donde se liberen leones para devorar personas? ¿Decapitaciones públicas? ¿Matrimonios entre familiares? ¿Pedofilia, invasiones, matanzas?, todas las respuestas son no. Ninguna de esas prácticas está normalizada y nos resultan execrables. Pero la gran pregunta es: ¿siguen existiendo?
La respuesta es sí, en su gran mayoría.

Aunque ya no sean aceptadas por la moral o la ley, todas esas conductas persisten de alguna forma. ¿Por qué? Porque el ser humano sigue siendo el mismo, unos pocos miles de años no significan nada en términos evolutivos, nuestra naturaleza conserva aún su origen animal, no hay nada divino en ello, ni imagen, ni semejanza: somos seres imperfectos, y eso no es pesimismo, es realidad.

Por eso seguimos viendo actos incoherentes con los valores que predicamos, incluso con los principios religiosos que profesamos. El ser humano lucha por ser mejor —nuestra inteligencia y deseo de superación nos empujan a ello— pero al mismo tiempo nuestra propia naturaleza nos arrastra hacia lo contrario.

Somos como el hombre lobo: mitad humanos, mitad bestias, dos instintos que conviven dentro de nosotros, y que la mayoría aún no logra dominar, quizá solo un pequeño porcentaje de la humanidad vive realmente de acuerdo con sus principios o creencias el resto seguimos siendo primates con mejores herramientas. Esa contradicción —entre lo que creemos y lo que hacemos— es lo que llamamos “doble moral”, condenamos actos que, en el fondo, seguimos cometiendo: a veces con culpa, a veces sin ella, y muchas veces sin darnos cuenta.

Por eso la frase “A Dios rogando y con el mazo dando” encaja perfectamente en nuestra sociedad, es como decir: “Estudiamos las leyes para romperlas”.

Nos aferramos a creencias religiosas e ideológicas, pero al final nuestra naturaleza se impone, el deseo de poseer, de ganar, de dominar, de sobrevivir —el mismo que nos trajo hasta aquí— es el combustible de guerras, pasiones y ambiciones. El poder, esa palabra tan repetida como “Dios”, se vuelve el fin último, porque quien tiene poder gana, y quien no, pierde. Así , buscar el poder (lo real) termina siendo más importante que buscar a Dios (lo ideal), por eso vemos actos contradictorios en tantos seres humanos que predican fe y sin embargo, ante el poder, relegan a Dios al segundo plano.

Podemos observar ese comportamiento en todas las religiones del mundo, por ejemplo, en la religión cristiana: golpes de pecho, rezos interminables, gestos de paz… hasta que la emoción pasa y emerge lo humano: la violencia, el robo, la hipocresía. Un cardenal que apoya actos destructivos, un pastor que se aprovecha de sus fieles, claro que hay excepciones —muchas—, pero aún son pocas frente al conjunto.

Y no solo ocurre en lo religioso, abogados, jueces o fiscales que usan la ley para mentir; funcionarios que un día cargan santos y al siguiente conspiran para destruir a su rival político o enriquecerse con el dinero público, es el mismo patrón: un mono quitándole la banana a otro.

La creencia en Dios, transmitida desde tiempos en que no entendíamos la naturaleza, no ha cambiado nuestra esencia: solo la ha contenido. La moral, ese conjunto de normas sobre el bien y el mal, es una construcción humana, pero no requiere dogmas para existir: basta con entender que lo que daña a otro está mal y aun así, volvemos a caer en el viejo refrán: “Hecha la ley, hecha la trampa”.

En el fondo, no existe la “doble moral”, solo existe una moral, ese sistema de normas que busca no dañar al otro y junto a ella, la naturaleza humana, que a menudo la pisotea. Nos avergonzamos, sí, pero a veces ni siquiera lo notamos. Si existiera un Dios que castigara a los fariseos modernos, muchos caerían de inmediato, pero tienen suerte de que no sea así.

En este caso, no me excluyo por virtud, sino porque no profeso ninguna creencia religiosa, quizá mi “dios” sea la moral, las leyes, los principios y valores que trato de mantener firmes. Porque, al final, está claro: no tenemos doble moral; solo tenemos una y con demasiada frecuencia, trapeamos el piso con ella.

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