Tal vez no sería un “mundo” en absoluto, ya que el concepto mismo de ideología proviene de la palabra “ideas”. Las ideologías, en su núcleo, son sistemas de pensamientos, creencias y suposiciones sobre la realidad. Estas provienen de la mente humana, de lo que imaginamos como soluciones o respuestas a los problemas del mundo, aunque, para algunos, estas ideas se convierten en “verdades” absolutas.
Cuando las ideas se arraigan profundamente en la personalidad de un individuo, es común que se transformen en un fanatismo ciego. El individuo siente que posee la verdad y, a menudo, no se toma el tiempo para cuestionarla o para considerar otras perspectivas de la realidad. En consecuencia, la ideología puede convertirse en una forma de visión estrecha e intransigente.
Lo más desafortunado de las ideologías es que, al ser creencias colectivas, los miembros de un mismo grupo ideológico tienden a reforzarlas mutuamente. Si esas ideas son erróneas, ilógicas o incluso perjudiciales para los mismos miembros del grupo, siempre se verá a quienes las rechazan como los “equivocados”. Y es que, si bien todos los seres humanos compartimos deseos comunes, como la felicidad, la seguridad financiera o el bienestar para nuestras familias, la manera de lograr esos objetivos varía enormemente. Aquí es donde surgen las ideologías.
En el ámbito político, las ideologías son defendidas por grupos reducidos que, por lo general, buscan soluciones distintas a las de aquellos que, mediante lógica y esfuerzo personal, buscan alcanzar sus objetivos. Mientras algunos prefieren un enfoque basado en el trabajo, el sacrificio y la razón, otros optan por alternativas que proponen una redistribución de la riqueza, como lo sugieren ideologías como el socialismo, el comunismo o incluso el Chavismo y el masismo. Estos enfoques, basados en el pensamiento de Robin Hood, proponen tomar lo que otros han ganado para redistribuirlo entre los más pobres.
El problema de estas ideologías es que son profundamente utópicas e incompatibles con la naturaleza humana. Son soluciones fantasiosas que, al ser implementadas, tienden a generar consecuencias negativas a corto, mediano y largo plazo. Como no pueden prevalecer por medio de la razón, estos grupos recurren a la fuerza para imponer sus ideas, y si no logran su objetivo, entonces la violencia, el terrorismo y la muerte se convierten en sus métodos.
Es por eso que muchos grupos ideológicos de izquierda, a lo largo de la historia, han recurrido al terrorismo como forma de imponer su voluntad. Han justificado la muerte de miles de inocentes, la destrucción masiva de infraestructuras y el colapso económico, todo en nombre de una supuesta lucha por la justicia social. Curiosamente, el resultado de estas acciones suele ser una mayor pobreza, algo que paradójicamente intentan combatir.
Más allá de la violencia, los extremos ideológicos se adentran en el territorio de la corrupción, el engaño, la extorsión y otros métodos ilícitos, porque en su mentalidad de lucha, todo vale. Estos grupos se convierten, a menudo, en caudillos que, con el tiempo, esclavizan a las sociedades que, originalmente, pretendían liberar. Ejemplos de ello son países como Cuba, Venezuela, Nicaragua, Bolivia, Corea del Norte y China, donde las libertades individuales están severamente restringidas para imponer un modelo ideológico que, en la práctica, nunca ha funcionado.
Como mencioné antes, todos deseamos el bienestar, pero quienes no seguimos ideologías políticas —o lo que algunos llaman “derecha” simplemente por no adherir a sus dogmas— entendemos que no necesitamos de ideologías para alcanzar nuestros objetivos. El trabajo duro, el sacrificio y la razón son los caminos naturales hacia el progreso. Aunque no garantiza el éxito, nos permite avanzar. Si mejoramos nosotros, mejoran nuestras familias y, con el tiempo, la comunidad.
En este sistema libre, como el de la naturaleza humana, no hay necesidad de imposición o control ideológico. Cada quien tiene la libertad de buscar su bienestar sin depender de una ideología política que lo dicte. Las ideologías, por más bien intencionadas que parezcan, tienden a generar más división que soluciones.
Ser libre es lo mejor que podemos ser. Libres de dogmas, libres de imposiciones ideológicas. A lo largo de nuestra vida, lo que realmente importa es nuestra capacidad para superarnos. Una vez alcanzado nuestro bienestar, si lo deseamos, podemos compartirlo con los demás, pero nunca obligar a nadie a hacer lo mismo. Los valores, principios y acciones humanas son profundamente personales. Nadie debe ser juzgado por lo que decide compartir, porque no es obligación de nadie mantener a quienes no son de su círculo cercano, a menos que lo elijan libremente.
La verdadera libertad es la que permite a cada individuo decidir su propio destino, sin ataduras a ideologías que esclavizan el pensamiento.