“China es un gigante dormido. Dejadlo dormir, porque cuando despierte, el mundo se sacudirá”.

— Napoleón Bonaparte, 1816.

La civilización china es una de las más antiguas del mundo que aún perdura. Otras culturas milenarias desaparecieron con el tiempo, pero China sobrevivió y se reinventó una y otra vez, esa continuidad es, precisamente, lo que la hace excepcional.

Durante siglos, los chinos vivieron entre la barbarie y la pobreza, pero también entre destellos de genialidad y abundancia, tales contrastes eran inevitables: China, a lo largo de su formación, integró vastos territorios que antes fueron civilizaciones o imperios independientes, tras ser conquistados, pasaban a formar parte de un todo que crecía en extensión y complejidad.

Sin embargo, su enorme tamaño y su creciente población hicieron que se cumpliera el dicho: “quien mucho abarca, poco aprieta”. Aunque logró unificar sus dominios y consolidarse como nación, China se convirtió en un país del Tercer Mundo, marcado por la pobreza extrema y la desigualdad.

De la dinastía Qing al caos republicano

Tras la caída de la dinastía Qing, última monarquía china, el país vivió una sucesión de hechos “normales” para ese tipo de transiciones: nuevas repúblicas, autoproclamados presidentes, divisiones, traiciones, luchas sociales y el nacimiento de ideologías políticas de todo tipo.
En medio de ese caos emergió el Partido Comunista Chino (PCCh), que para conquistar el poder desató una ola de violencia, hambre y destrucción, aprovechando que el ejército nacional había quedado devastado tras la guerra del Pacífico.

Mao Tse-Tung y el precio de la revolución

El líder del PCCh, Mao Tse-Tung, filósofo y estratega militar, refundó el país bajo el nombre de República Popular China e impuso su ideología marxista-leninista.
Sus primeras reformas provocaron una de las mayores hambrunas de la historia, con millones de muertos, a esto se sumó la persecución y asesinato de sus opositores políticos, sus políticas agrarias y económicas eran, en la práctica, experimentos ideológicos que alternaban entre el fracaso y el desastre.

En su afán revolucionario, Mao buscó alianza con la Unión Soviética, de la cual obtuvo conocimiento militar y tecnológico, gracias a esa cooperación, China logró en los años 60 desarrollar su primera bomba atómica y, en los 70, lanzar su primer satélite. Pero la ironía no tardó en aparecer: las mismas “masas populares” que Mao había exaltado se volvieron contra los intelectuales, acusándolos de enemigos del pueblo, así nació la tristemente célebre Revolución Cultural, que terminó con la persecución y muerte de científicos e intelectuales, incluso de quienes habían contribuido a los logros del país.

Deng Xiaoping: el arquitecto de la China moderna

La muerte de Mao en 1976 marcó el fin de una era y el inicio de una transformación sin precedentes. En 1978, Deng Xiaoping asumió gradualmente el liderazgo del país y lo condujo hacia un nuevo rumbo. A pesar de haber sido también miembro del PCCh y víctima de las purgas de Mao —quien lo acusó de derechista y “contrarrevolucionario”—, Deng fue rehabilitado tras la muerte del líder y nombrado Líder Supremo de China.

Una de sus primeras decisiones fue detener la persecución contra los intelectuales y científicos, no solo les devolvió la dignidad, sino que los integró a su nuevo proyecto de nación, bajo su dirección, China emprendió un proceso de reformas económicas y apertura al mercado que transformó por completo su destino.

Para garantizar la continuidad de estas reformas, Deng impulsó cambios en la Constitución, en ella se estableció la necesidad de mantener la “dictadura democrática popular” y, al mismo tiempo, promover la reforma, la apertura, la economía de mercado socialista y la modernización de la industria, la agricultura, la defensa, la ciencia y la tecnología. En resumen, China se convirtió en una dictadura comunista con alma capitalista, donde incluso el derecho a la huelga está prohibido, pero la inversión y la iniciativa privada son incentivadas.

Tecnología y pragmatismo: el verdadero objetivo

Deng no buscaba únicamente crecimiento económico, sino independencia tecnológica, en 1986 lanzó el Programa 863, destinado a impulsar el desarrollo de tecnologías avanzadas para reducir la dependencia de China respecto a Occidente.
El plan fue exitoso porque se concibió como una política de Estado a largo plazo, sostenida por un régimen que garantizaba continuidad, aunque ello implicara sofocar la oposición de los sectores más ortodoxos del comunismo maoísta.

Deng comprendía que un país con más de mil millones de habitantes solo podría garantizar bienestar mediante la estabilidad económica, la apertura y el desarrollo industrial, su visión fue clara: combinar la eficiencia del capitalismo con el control político del comunismo.

El legado de Deng Xiaoping

Aunque poco conocido en Occidente, Deng Xiaoping es considerado el verdadero artífice del renacimiento chino, bajo su liderazgo, cientos de millones de personas salieron de la pobreza extrema, y China se encaminó a convertirse en una de las principales potencias económicas del mundo. Le faltó abolir el comunismo, es cierto, pero mantenerlo le sirvió como mecanismo de control social.

La historia, sin embargo, no ha sido del todo justa con él. La narrativa oficial del comunismo chino continúa atribuyendo el auge del país a la lucha revolucionaria y al pensamiento de Mao, pero esa es una falsedad conveniente: reconocer que China se levantó gracias al capitalismo sería aceptar que el marxismo-leninismo fracasó y que fue necesario reemplazar los dogmas por pragmatismo.

Deng Xiaoping entendió una verdad elemental: la prosperidad no se construye con consignas, sino con realismo, mientras haya dinero en los bolsillos, habrá progreso.
Esa visión —por la que estuvo a punto de perder la vida— cambió el destino de un país entero, de no haber sobrevivido, quizá China sería hoy una Cuba o una Venezuela gigantesca. Pero la realidad es tozuda, y los que aún fuman el opio ideológico de Mao no quieren verla.

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