Hace miles de años, un grupo de humanos, unos de los primeros grupos de Homo sapiens llevados por su naturaleza, se aventuraron a ir más allá de su hábitat natural.
Buscando más comida o mejores climas, se asentaron en tierras vírgenes, intactas, verdaderos paraísos, fruto de los constantes cambios geológicos naturales.
Usaron las cuevas como lugares para refugiarse de la inclemencia del tiempo y en sus muros plasmaron para la posteridad sus actividades diarias, comenzando así a escribir su historia.
Sus días eran monótonos, siempre hacían lo mismo, lo necesario para vivir, agradecidos también, atemorizados por la fuerza evidente de la naturaleza, la cual les brindaba vida, pero también algunas veces, desgracias.
Aprendieron a “agradecer” y también a “implorar” piedad para evitar por ejemplo fenómenos catastróficos y comenzaron a adorar a los fenómenos visibles, el fuego, agua, el sol, incluso al viento.
Cierto día, como ya era costumbre, se prepararon para salir en búsqueda de comida y nuevas tierras dónde pudieran encontrar alimento, pero ese día, al regresar, nunca más volverían a ser los mismos.
Aquel día, en su exploración, encontraron al pie de unas montañas una cueva, no era una cueva típica, era mucho más alta y más profunda, el viento y el mar habían esculpido una formación rocosa extraordinaria.
Los exploradores contemplaban estupefactos lo que quizá ellos habrían considerado como su primer templo, ingresaron cautelosos y con temor, no sabían lo que podían encontrar ahí, sin embargo, su naturaleza aguerrida y curiosa les hacía continuar ingresando más y más.
Llegaron a una zona qué era más ancha que el ingreso, en la parte superior podían observar haces de luces, lo cual les hacía evidenciar que las rocas qué se encontraban ahí, eran fruto de un derrumbe de miles o quizá millones de años atrás.
En medio del recinto había una filtración de agua, por las cercanías al mar, posiblemente o era parte de un río subterráneo qué afloraba en esa zona. Alrededor y dentro de esta pequeña laguna se encontraban muchas rocas, unas más grandes que otras, de diferentes tonalidades y formas, esculpidas por arte de la naturaleza.
Los exploradores miraban atónitos el recinto, sus ojos brillaban maravillados por lo que no podían comprender, ¿Cómo es que todo este paisaje se había podido crear?, se preguntaban, qué Dios habría creado tan hermoso templo natural, no había viento, no llegaba luz del sol en su totalidad, no había ríos adentro —al menos no visibles—, ni lluvia, solo las gotas de las filtraciones superficiales.
Uno de los guerreros, el que guiaba a los demás exploradores, detuvo su avanzar cuando observó a lo alto una roca extraña, esta no era como las demás, era pequeña, posiblemente de 0.5 metros, pero tenía una forma cúbica bien definida y en cada cara tenía unas formas circulares y otras lineales, parecidas a los números 0 y 1, como si en su origen, hubiera estado atrapada entre otras rocas.
Era una roca muy hermosa para no tenerla en cuenta, aún más para dejarla tal y como estaba, sin duda era un regalo de su Dios, de ese Dios con el cual vivían agradecidos por todo los que le daba a su tribu.
Se preguntaban si debían de bajarla del lugar en la que se encontraba, si debían llevarla a la tribu para como un presente divino o un instrumento a través del cual se podrían comunicar con su Dios.
Todos pensaban que, sea lo que fuere, no podían dejarla ahí, todos, excepto uno, se trataba de un cazador, él guardaba una muy buena “relación” con su Dios, él creía que fruto de ello, era que él podía cazar siempre las mejores presas su gente.
El se opuso y se lo manifestó al líder guerrero, le explicó que ese recinto podría ser un templo sagrado y que todo lo presente no les pertenecía, que podían intentar descifrar lo que significaba esa roca y como les ayudaría a comunicarse con su Dios.
El guerrero lo escuchaba atentamente, fruncía el ceño, como si lo que le hablaba el cazador fuera una lección que debía de haber aprendido ya, miraba a todos los demás, como buscando una aprobación o desaprobación ante las palabras suaves, pero al mismo tiempo fuertes de aquel cazador que por primera vez le daba la contraría.
Todos se quedaron en silencio hasta que el líder guerrero, como si no hubiera escuchado nada de lo que dijo el cazador, ordenó a dos guerreros que bajaran la roca, en el intento, la roca se les resbaló de las manos y comenzó a rodar hasta que cayó justo en el centro del recinto con un agujero en forma de 0 hacia arriba.
Todos se quedaron estupefactos, hasta que una voz los sacó del trance en el que se encontraban, —Dios ha hablado— dijo el cazador, —esa es la palabra de nuestro Dios, no quiere que nos llevemos su instrumento de comunicación con él—, todos se pusieron de rodillos, el líder guerrero al ver la escena, lo hizo también inmediatamente, aunque le costaba seguir órdenes.
Desde aquel momento, el cazador, se convirtió en el encargado de comunicarse con su Dios, todo lo consultaban a través de su tótem, de la roca en forma de dado, su Dios les respondía a través de él, indicando si estaba a favor o en contra de una consulta o pedido por medio de los 1 o 0 esculpidos en sus caras.
Los agujeros en forma de 0 significaban una respuesta negativa y los surcos en forma de 1, una positiva. Muchas cazas, batallas, o castigos se habían ganado, perdido o impuesto gracias a las respuestas oportunas del Dios “Dadum” como lo llamaban ellos.
Nadie más que el cazador, era el autorizado a usar el tótem para sus oráculos, las respuestas eran ley, como no todos podían acudir al oráculo. Algunos usaban troncos para replicar al Dios Dadum para invocarlo, esto era considerado un delito y tenía un horrible castigo, pero aun así, algunos le temían más al futuro que al mismo castigo de los cazadores que se convirtieron en los sacerdotes del santuario.
Practicaron sus rituales por milenios, agradeciendo al Dios Dadum, pero también muchas veces, renegando porque su Dios no les había dado la respuesta correcta o lo que le habían pedido, aunque el tótem original había sido destruido en una guerra, las réplicas ya tenían la venia de los sacerdotes y casi el mismo poder que el original, claro que primero tenía que ser “aprobado” por ellos precio pago por los servicios brindados, los cuales se hacían efectivos en ganado, frutos o metales preciosos.
El Dios Dadum, guio y formó a toda una civilización, llegando incluso a prescindir de los tótems, sus fieles seguidores ya daban por asentado que la respuesta por defecto a sus plegarias era el 1, la aprobación que su Dios estaba de acuerdo, solo se enteraban de que era 0 o “desaprobado” cuando no obtenían lo solicitado, o no lograban su cometido.
Dicen por ahí, que la roca original nunca fue destruida y que el templo fue oculto por las primeras tribus para protegerlo de los invasores y que al morir los sacerdotes que la habían ocultado, se perdió el rastro de su ubicación.
Quizá en algún momento en el futuro, nuevamente sea encontraba y la belleza de esa preciosa roca, genere nuevos y actualizados desafíos de comunicación con seres superiores, quizá en realidad, esa roca misteriosa sea el legado de seres alienígenas llegados de muy lejos hace millones de años.