Desperté, pero no completamente, es de madrugada, pensé que casi es fin de semana y aún no he logrado completar varios objetivos que me había trazado y entre sueños lo extrañé.

Extrañé a mi amigo que siempre me había acompañado desde niño, aquel amigo que siempre aparecía ante mí de mil formas, algunas veces como mi compinche en mis travesuras y otras veces como un guerrero montado a caballo dispuesto a acabar todo por mí.

Extrañé a mi amigo que iba creciendo conmigo, el que me abrazaba de niño, el cual agradecía por lo presente y fututo, al cual algunas veces reprochaba por permitir las desgracias del mundo, al cual culpaba, sin tener la más mínima culpa, el cual trataba de entender a medida que iban creciendo las velas en mi pastel de cumpleaños.

Entre sueños lo extrañé y mientras armaba el lego de mis pensamientos, pensé en decirle ¡adiós!, en escribir sobre ello, pero luego, en medio aún de los recuerdos, me di cuenta de que no hay porque decir aDiós.

Imagen: Anna Parini

El despertar, el darte cuenta de que tu mejor amigo, que incluso muchas veces era mejor padre que tu padre biológico, se ha ido, no conlleva a decirle adiós si no quieres, nadie te obliga a hacerlo, incluso recordarlo con nostalgia algunas veces te ayuda a recordar la sensación de protección y de esperanza frente a la vida y aunque ahora sabes que no cuentas con superpoderes que te respaldan, asumes que aún los tienes y lo más importante es que… cuentas contigo y con todos los que te rodean.

Aun sin estar a tu lado, yo estoy contigo, por ejemplo, cuentas con mi pensamiento y nos acompañamos en ello, aunque no te pueda dar la mano físicamente, te la doy a la distancia y no solo yo, sino todos los que hemos dejado a ir a aquel amigo que nos daba el palmazo en el hombro y aunque no tengamos superpoderes, tenemos algo muy importante que tú también tienes, la humanidad.

El ser un humano, es ser fuerte, es ser inteligente, es tener agallas para afrontar nuestro entorno, es ser humano, es lo que nos ha permitido estar donde estás ahora. Aunque muchas veces seamos como niños tratando de jugar a ser los dueños del mundo, la verdad es que no lo somos, somos parte de él y nuestra vida es efímera, es un soplo en el viento que aparece y desaparece, pero que, sin embargo, ante nuestros ojos los años parecen ser eternos y eso nos concede la esperanza.

Aunque hayas crecido y tu mejor amigo se haya ido, recuerda los buenos momentos, recuerda que muchas culpas que le atribuías no eran su culpa, sino de nosotros los seres humanos, del universo imperfecto y perfecto al mismo tiempo, de nosotros mismos, de nuestras acciones, de lo inmaduros que somos, pero sobre todo recuerda que tú ni nadie está solo en este mundo y aún queda mucho por hacer.

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